el don alberto….

donalbert01 Conocí al Don Alberto un día que caminaba al borde de la Ruta del Fin del Mundo.  El motivo de mi caminar era encontrar alguien a quien ayudar con labores del campo mientras nos quedábamos en Puerto Natales.  Al pasar al lado de su parcela, vi a este hombrecito, no muy alto de estatura, agachado, con su herramienta en mano, junto a una carretilla llena de hierbas silvestres que sacaba de su terreno.  Al pasar, su perro, que después supe que se llamaba Copito, salió a defender celosamente su territorio.  Don Alberto, se levantó para llamarlo y el momento en que cruzamos las miradas supe que me encantaría pasar tiempo con él.  Se acercó a saludar.  Su mano, llena de tierra, delataba años de trabajo.  Sus ojos, vivos y sinceros eran fáciles de leer.  Le pregunté si podía ayudarlo a trabajar en la tierra por unos días. Sus ojos marcaron un signo de interrogación, algo que me gustó fue que se tomó su tiempo para responder. La conclusión de la reflexión fue positiva.  Quedamos en que yo iría desde el día siguiente a ayudarle en su huerta. Su terreno, en el que cada año venían a anidar decenas de bandurrias consistía en parcelas relativamente pequeñas, separadas por altos cercos que servían como barreras para el fuerte viento patagónico.  Alrededor de cada parcela y regadas sin seguir ningún tipo de orden lógico habían un sinnúmero de plantitas aromáticas: perejil, menta, ajenjo, manzanilla, ruda, y muchas más.  De la misma manera, casi todas las parcelas tenían algún tipo de cebolla o ajo en algún lugar.  Tenía dos invernaderos pequeños donde podía protegerse de cierta manera de las inclemencias del clima y alargar un poco la corta estación productiva austral.  Los invernaderos también estaban perfumados por diferentes aromáticas que coquetamente despedían sus encantos a los visitantes.  A pesar de recién haber empezado la primavera, en los invernaderos crecían ya frondosas lechugas, acelgas, cilantro y remolachas.  Todas podadas antes del inverno para que retoñen apenas empiece a subir la temperatura. donalbert02 Los primero días nos dedicamos a sacar las hierbas silvestres del terreno y en esas largas horas me fui enterando que Don Alberto era originalmente de la isla de Chiloé.  Vino al sur de Chile en barco con su esposa y sus cuatro hijos pequeños.  Tuvo muchos trabajos a lo largo de su vida pero con su esposa nunca dejaron de tener un huerto y algunos animalitos como principal fuente de alimentación.   Alrededor del 2002, compraron la parcela en los pies del cerro Dorotea.  Ésta servía para alimentar la familia pero también para la venta.  Ocho años después, su esposa falleció dejando un hueco grande en la familia pero a la vez un gran legado que lo pude sentir en Don Alberto y sus hijos. Los últimos días de mi estadía nos dedicamos a la siembra.  El Don Alberto utiliza la luna para ciertos trabajos.  Para escoger la semilla de papa, cultivar las remolachas, las zanahorias y la cebolla, espera a la caída, o luna menguante.  En cambio, los trabajos con el ajo los hace en la creciente.  En el terreno que habíamos limpiado, hicimos melgas, o surcos y sembramos habas y papas.  La esposa del Don Alberto siembre le decía que hagan los surcos a través de la pendiente para que el agua se quede en el terreno.  Las melgas de las habas las hicimos como a un pie y medio de separación y como a diez centímetros de profundidad.  Regamos las habas bastante seguidas y luego las tapamos.  Me contó que a las habas la aporca cuando ya están más creciditas porque el viento del verano las rompe si no lo hace.  Para las papas en cambio, hicimos melgas con unos dos y medio pies de separación y una cuarta de profundidad.  Después pusimos las papas que el Don Alberto había escogido y roto los brotes en la luna menguante anterior y las pusimos en parejas con los ojos hacia arriba.  Eso hace que las papas crezcan todas igualitas, según me contó.  Después dentro del surco regamos abono de oveja y un poco de salitre.  Finalmente, tapamos con tierra dejando un poco al lado para el aporque. Después de dos semanas, llego el día de mi despedida.  Al mirar para atrás, me doy cuenta que hemos compartido mucho más que el trabajo en la tierra.  Me he nutrido de sus años de experiencia, de su caminar pausado y de su cariño por la tierra.  Me despedí con el corazón lleno, sintiéndome en deuda con la Vida una vez más. Domenica Datos de contacto:

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